18 de agosto de 2011

Temporada de patos



Pues resulta que en un entorno tan agradable (si previamente te embadurnas con Aután) como el Parc de la Solidaritat de El Prat hay un chiringuito elegante e inconfundible, conocido popularmente como “el huevo”, cuyo ambiente refinado, sus sofás y su buen aprovechamiento del entorno lo convierten en uno de los lugares más chill a muchos kilómetros a la redonda. Desde luego, se trata de una terraza deal para tomarse una copa tranquila, especialmente en las noches veraniegas que se estilan por estos lares y en la que también es posible comer alguna cosa de una carta que, a juego con el ambiente, se presenta envuelta en un halo de cocina modernilla (con cosas tan aparentemente sugerentes como una trilogía de hamburguesas o noodles con langostinos y salsa de ostras...).
 
Las terrazas urbanas al aire libre, no obstante, tienen un importante hándicap, como es el riesgo de que los aromas suntuosos de una deliciosa cena se mezclen con los efluvios de otras actividades necesarias para el saneamiento. Estoy seguro de que a cualquier hijo de vecino le ha sucedico en alguna ocasión que, entre tapa y tapa, le ha pasado cerca el camión de recogida de los contenedores de materia orgánica, dejando tras de sí un pegajoso hedor a liquidillo de container... Es fácil hacerse a la idea...
Lo que puede resultar más increíble a estas alturas de la película, es que el aroma al que me venía a referir no provenga de las operaciones de limpieza, molestas pero comprensibles y tolerables por otro lado (y hasta cierto punto), sino del plato que osen posar encima de tu mesa. Y eso es lo que me sucedió el pasado día del Santo Morenico, en el que me encontraba por aquél parque viendo algunos de los cortos que se proyectaron en la “Nit de curts del Prat”.
 
Digamos que uno, dispuesto a probar cualquier receta desconocida en cualquier momento (nada se ha escrito nunca de los cobardes), quise atreverme con los tallarines a los que me refería anteriormente... Partiendo de la base de que la presunción de la carta de este huevo de pato cojo no pasa de la tinta o, dicho en román paladino, la cocina que se ofrece en esta terraza no es ni digna, ni en originalidad ni en ejecución, del más cochambroso de los cuarteles (teniendo el santísimo morro de cobrarte lo que te cobran), el ejercicio de contención que tuve que realizar cuando probé los langostinos que habían en mi plato tuvo que ser toda una proeza, a juzgar por las miradas atónitas de mis acompañantes que observaban la variación de tonalidades que pasaron en unos segundos por mi cara. Casi como cuando el camarero se llevó el plato y me confirmó a los dos minutos (todo un ejercicio de reflejos) que los langostinos estaban en mal estado, pero que me estaban marchando otra ración con más de lo mismo.
 
Un detallito freaky

Demasiado tarde (ya es mala vuestra suerte, que le tuviera que tocar precisamente a un servidor), la herida ya había sido infligida, y había sido profunda. Hablando de gastronomía, no hay nada que me fastidie más que las cocinas que se pretenden Mugaritz, pero que sonrojarían hasta al chiringuito playero más cutre de la Costa Daurada... Y francamente, estoy más que harto de empleadores del sector que por ganarse cuatro cuartos hacen dejadez de su responsabilidad y meten en sus explotaciones hosteleras a cualquier element@, con mucha suerte con un contrato a tiempo parcial de ayudante de camarero, que es capaz de servir un plato capaz de dañar la salud de un cliente. Y todo ello mientras cantidad de cocineros con talento se marchitan en la cola de la oficina de empleo. 
 
Mucho me temo que algo de ello pueda haber de ese huevo de pato tan lounge. A un cocinero que merezca tal nombre, profesional y/o experimentado, y con un mínimo de olfato, jamas se le habría pasado un plato como el que se sirvió aquella noche. Es posible (pero poco probable) que algún día vuelva a tomar alguna copa pero, a “Dios pongo por testigo”, nunca volveré a probar nada que salga de esa cocina. 
 
Por supuesto, rechacé amablemente la posibilidad de repetir (en ese momento no me hubiera podido comer ni una bolsa de patatas) y pedí una cerveza para aclararme la boca que, por cierto, pagué religiosamente (ya es de agradecer que no me cobraran los tallarines!).
 
Ni ese triste detalle de consolación tuvieron. Ahora, toca pasar por caja.