Para empezar, una ensalada tibia de jamón de pato, crujiente
de pipa de calabaza y vinagreta de Carxofa Prat. Uno, que como todo el mundo
también tiene sus prejuicios, siempre suele ponerse a la defensiva cuando, en
un menú degustación, se empieza por una ensalada. Más que nada porque, curado
de espanto, normalmente se suele dar el do de pecho en el plato fuerte, el
segundo, dejando al primero como mera comparsa o como “eso que es necesario
servir para completar el menú, pero que si pudiera me lo ahorraría porque ni sé
ni tengo ganas de pensar en qué preparar”. Y, en definitiva, se acaban
presentando ensaladas basadas en un buqué de lechugas más o menos variado, con
algún ingrediente exótico para darles color, con alguna lluvia más o menos
torrencial de frutos secos para darles textura, o con algún trozo de foie para
aportar sabor… pero que siempre acaban andando más despistados por el plato que
un hijo de puta en el día del padre. O sea, nada que cualquiera no pueda hacer
en su casa hoy día con una bolsa de Florette, un biberón de reducción de
vinagre de Módena, un trozo de rulo de cabra y una bolsa de pipas peladas...
Por suerte, eso no pasa en el Rústic dónde, en las ensaladas
que suelen servir normalmente, es muy difícil encontrarse con algún elemento
gratuito que no sea capaz de aportar al mismo tiempo estética y matices de
sabor al plato (vaya aquí mi recuerdo a aquélla con zumo de mandarina espesado
con goma xantana). Y claro, partiendo de esta base, creo que la ensalada
presentada en el menú de este año alcanza el Olimpo de todas sus ensaladas. Es,
sinceramente, la mejor con la que me he cruzado en muchos años. Una carta de
presentación que deja claro que aquí no nos vamos a encontrar ninguna mona
vestida de seda. Una experiencia bellamente presentada, llena de sabores, pero
sin anarquía alguna, con un clarísimo hilo conductor escondido, pero presente:
el melón con jamón de pato (mención especial al toque salado del crujiente de
pipas de calabaza). Aplausos.
Le seguía un saquito mantellina de cerdo, relleno de Pota
Blava guisado a la antigua, acompañado de polenta (rescatada de otros platos de
su carta) y una pata de Pota Blava hecha de patata violeta. Toda una obra
visual inspirada en un pollo picoteando maíz, y a la que técnicamente se le
puede reprochar bien poco (si acaso, alguna hoja de Carxofa del guiso algo más
dura de lo deseable, o algún trozo de Pota Blava un pelín reseco, a medida que
perdía temperatura). Como comentábamos al principio, un genial homenaje a la
cocina tradicional que, sin llegar a ser del todo rompedor, tenía ese puntillo
de las recetas memorables que te impiden dejar de comerla hasta llegar a
sacarle brillo a la loza. Por mucho que lo intento, no veo cómo se podría
mejorar. Vítores.Y finalmente, para terminar de cerrar el círculo, un Brownie de Carxofa Prat con helado de pistacho. Un pedazo de postre que tiene dos méritos. El primero: muy pocos restauradores han presentado conceptos de menú en el que el postre esté verdaderamente integrado en su transcurso (como una buena historia: inicio-nudo-desenlace). Muchos han rescatado postres de sus cartas, han optado por servir el postre del día, o han ofrecido cualquiera de sus postres disponibles. En el caso del Rústic (que a lo largo del tiempo ha innovado todos sus platos menos, precisamente, sus postres), es una novedad con mayúsculas, especialmente creada para este Març, y que forma parte indisoluble del fantástico menú que han preparado, poniéndole la guinda. Por otro lado, muchos menos han presentado postres que integren de, alguna u otra manera, alguno de los productos locales. Hombre… ya sabemos que es difícil (no imposible) hacer un postre con Carxofa Prat; y mucho peor se pone la cosa si se trata de hacer un postre con Pota Blava... Pues bien en el Rústic han conseguido aunar ambas cosas. Y además lo han hecho con un éxito difícilmente contestable: está de vicio. Total: otra elaboración para dejar el plato limpio como una patena. Ovación cerrada.
Para ir concluyendo, el año pasado lo que menos me gustó del
Rústic fueron el postre y la presentación de los platos por el personal de
sala. Respecto al postre, la opinión ha quedado más que clara. En cuanto al
servicio en sala, también ha mejorado sustancialmente: los platos son correctamente presentados, se aclaraban rápidamente dudas sobre la presencia de
posibles ingredientes alergénicos y, en definitiva, demostraban un buen
conocimiento de lo que se estaba sirviendo. Y es que este punto, aunque a
alguno le parezca chorra, no lo es en absoluto. Porque una buena coordinación
entre la cocina y la sala, personificada en el servicio, es muy importante en
la experiencia gastronómica. Virgi es un tipo que se entusiasma con lo que
hace. Todavía recuerdo cómo se le iluminaba la cara el día de la quedada de gastroblocaires, cuando le preguntábamos sobre lo que había creado para este Març.
Pues bien: creo que ese entusiasmo, básico en cualquier buena cocina que se
precie, se puede percibir claramente en la mesa. Y esas emociones no sólo se
transmiten con lo que hay en los platos. Efectivamente: las personas son lo más
importante.
En fin: el mejor menú que hemos probado, considerado en su
conjunto, se mire desde dónde se mire, y en el que ningún plato sobresale por
encima de los demás porque todos ellos, por sí solos, son igualmente
excelentes. Ojalá sean recuperados e incorporados a la carta, porque ninguno de
los que compartíamos mesa podíamos dejar de comer nada de lo que nos pusieron,
y porque me encantaría poder volver a probarlos más adelante. Las dos orejas y
el rabo.
Nota: Las fotos de esta entrada son cortesía de Julio Roldán
Nota: Las fotos de esta entrada son cortesía de Julio Roldán




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